viernes, 6 de agosto de 2010

HASTA SIEMPRE ¡¡


Dicen que toda comparación es odiosa; algunos agregan además, que siempre será injusta. Los científicos dirán que ahí están los números -que no mienten- para zanjar las polémicas… eso servirá en las matemáticas, pero el fútbol –por mucho que gente como Mourinho intente darle visos cuasi geométricos- ha sido, es y seguirá siendo mucho más un arte que una ciencia exacta.

Se dirá que tuvo a su lado una generación de oro, coronada con varias de las más finas perlas surgidas de la inacabable cantera blaugrana. Se dirá que tuvo a su lado a uno de los mejores zagueros que recuerdo: al Gran Capitá; al guerrero del Camp Nou; alma, vida y corazón del equipo. Se dirá que detrás de él, había un arquero con tres Zamoras en el bolsillo; que Hugo mucho antes lo ganó casi todo (y sabemos que el “casi” tiene nombre… y orejas) -como si Hugo no hubiera tenido a la Quinta del Buitre dándole asistencias como manzanas en otoño- y no acabaríamos.

Mi pensar es mucho más simple. He aquí un hombre que provocó que en México, muchos niños y jóvenes voltearan a ver seriamente de la cintura del campo para abajo; que se rompiese el paradigma de que -al menos en este país- si te dedicas a evitar goles - más que a hacerlos, como Hugo, como Luis Flores, como Borghetti, como Luis García-, no rebasarás la frontera.

Pero vaya que la rebasó. ¿Cuántos mexicanos pueden decir que han sido campeones en dos ligas europeas distintas; que han firmado un triplete; que levantaron la Orejona no una, sino dos veces? Aquí es donde el orgullo se mezcla con la tristeza, porque yo quisiera que fueran muchos, muchos más.

Definitivamente hay cosas que van “juntas con pegadas” diría mi abuela. ¿Alguien en México formó una peña del Sevilla cuando contrataron a Torrado? ¿Cuántas camisetas del Sporting vieron en la calle cuando Manuel Negrete jugó en Lisboa? ¿Jared Borghetti provocó un súbito furor nacional por el Bolton Wanderers? Desde luego, sería infantil atribuir la popularidad actual del Barsa a la sola presencia de un mexicano. Vaya, ni siquiera tres lo garantizarían.

Sin embargo, estoy seguro que también la entrega, el pundonor, el coraje, el sentir los colores en la médula, el jamás achicarse ante los mejores delanteros del planeta, fueron factores clave para que México entero pusiera los ojos en el Camp Nou, de donde espero no los quite nunca. Porque es verdad que de un lado ha estado el mejor Barsa que se recuerde –con permiso de Kubala, Cruyff y el Dream Team- pero por otra parte hemos tenido a quien seguramente la historia en su momento colocará como uno de los tres o cuatro mejores futbolistas mexicanos de todos los tiempos y sin duda, el primero de ellos en jugar “de la cintura de la cancha para abajo”. Como dije antes, cosas juntas con pegadas.

Hace muchos años, en 1978, en plena efervescencia mundialista mi padre me llevó a ver un partido de Holanda. Confieso que no recuerdo siquiera al rival –creo fue Austria-, pero sí recuerdo como si fuera ayer a un sol de apellido Neeskens que conducía a una maravillosa Naranja Mecánica como lo haría un director de orquesta -y con toda honestidad, no creo exagerar en la metáfora-.

Una cosa llevó a la otra y el gran "Johan II" me convirtió en –probablemente- el primer hincha del Barcelona que hubo en la Costa Grande de Guerrero. Desde luego, no todo ha sido miel sobre hojuelas en estas más de tres décadas. Primero el clímax del fútbol vasco y luego la Quinta del Buitre me hicieron vivir años tristes, -con la excepción del legendario “Urruti t´estimo” en el 85- aunque el destino aún nos tenía reservados el “Dream Team”, el zapatazo londinense de Koeman, las Recopas, Rivaldo… pero he de decirlo, jamás, nunca, en más de treinta años como aficionado culé, vi en mi país, en mi ciudad, tantas camisetas blaugranas por la calle, ni tantas bufandas, ni tantos stickers pegados junto a la marca del auto… son muchas es verdad, y siguen creciendo.

Hoy me queda claro que cada día son más los que desde tierras aztecas semana a semana siguen los partidos del Barsa, que han aprendido que pasiones aparte, el fútbol cuando viene vestido en colores azul y sangre no sólo se ve: se disfruta, se goza, se paladea, a años luz de la perpetua mediocridad de nuestra liga –tristemente tan ad hoc a la idiosincrasia de montones de mexicanos, a Dios gracias no todos-. Pero la cosa no acaba ahí: en paralelo, cada niño o joven que sueña con ser futbolista profesional, ya no limita el campo de sus sueños al Azteca o al Jalisco. No, ahora se sueñan vestidos de crack, levantando la Champions en la grama de alguna capital europea.

Por eso, por el ejemplo que nos diste, por la historia, por las seis copas, y por muchísimas otras cosas, sólo me resta decir


Gracias, y hasta siempre Rafa.

Luis Espino
dealcaraz@hotmail.com

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